Estaba leyendo, en la habitación-taller.
En uno de esos días en que no quería ser visto. No había pronunciado palabra alguna por horas ya.
De pronto me quedé cabeceando en un estado intermedio entre la vigilia y el sueño.
Escuché que por la ventana, de pronto se escurrió dentro del taller, un insecto volador, el sonido que emitía con el batir de alas era grave.
Se paseó por un momento y pensé que ya luego se aburriría y volvería a salir en busca de la luz.
No sucedió eso sino que comenzó a oírse como si se hubiera quedado atrapado en un frasco.
Pensé que el sonido luego cesaría, que se agotaría o caminaría como tantas veces los he visto hacer.
El sonido no terminaba, miré y lo ví angustiado hecho una especie de maní semi blanco de formas intrigantes en una tela de araña tendida bajo el tragaluz. Una de esas arañas que definen como patonas, o de la família de los fólcidos, que tienen extremidades muy largas, con manchas oscuras y cuerpo pequeño, estaba laboriosamente tratando de terminar de envolver a su presa, me dió pena, pero pensé que es el ciclo de la vida y que no debo intervenir, a su vez me recordé que tengo que sacar esa araña afuera y que se busque la vida en el jardín u otro sitio.
Pasó el rato y seguí leyendo, me sacaba de la lectura el sonido perpetuo de las alas, miraba intrigado pero con el contraluz no se distinguía más que la masa de tela y el arácnido trabajando para ganarse el pan.
Casi había envuelto al infortunado insecto volador cuando noté que la araña se encogía sobre el talego y aparentemente le inoculaba veneno a su presa.
El sonido no terminaba, mantenía la misma intensidad y la araña parecía que emprendía a cada momento el rehacer del capullo mortal en el que envolvía a su alimento.
Paso un rato y el sonido continuaba, ya se me metía en los nervios, estaba asombrado, nunca ví un insecto luchar con tanta bravura por su vida.
Me levanté y me acerqué a ver, la forma que tenía el capullo me llamaba la atención, luego noté que el color de un extremo era rojizo, algo inusual para un moscardón. Al momento siguiente puse mi atención sobre el extremo inferior del saco pendiente que había afanosamente tratado de asegurar mi compañera de habitación. Se lograba ver una forma cefálica de color muy oscuro y lo que parecían antenas. ¿Era una avispa o una abeja? Mi inquietud crecía, quería intervenir, pero no era justo, me quedé pendiente para ver el desenlace de la batalla, impactado por la resistencia de la posible muerte que se produciría pronto.
Pero el sonido como un canto constante, de miedo, fuerza, tenacidad y a su vez algo de ira.
La araña continuaba intentando convencer a su rival que se rindiera, pero no logró hacer mella en el ímpetu de su adversario.
No tardó en notarse junto con el continuo sonido elítreo que el condenado al patíbulo sacó su cabeza. Acompañó ese movimiento con la agitación de su vientre, como luchador que acomoda su cadera para propinar sendas patadas, una y otra vez, luego asomó el resto de su tórax, a la par que su parte posterior buscaba enfurecida algo que embestir con un aguijón que se deducía, esperaba encontrar a alguien para propinar merecida retribución. En este instante mi conocida colega de ocho patas abandonó su empresa y subió rauda para no ser ella la que pagase caro el embiste.
El himenóptero sacó sus patas delanteras, luego las traseras más anchas y aplanadas, al fin pudo salir de esa incómoda y mortal prisión. Yo ya estaba en estado de quieto frenesí al ver que se resistía al efecto del veneno y notar la tenacidad con la que aún luchaba. Se complicó un poco para poder desembarazarse del saco de tela, se soltó y voló.
Ante mi asombro la libertad y lo que le quedaba de vida era suya, sobre voló un instante el espacio del tragaluz, con seguridad y autoridad, como examinando al agresor para obsequiarle con una paliza.
Fuí hasta la ventana alegre y entusiasmado y entonces me acerqué al visitante volador, quien no necesitó muchas instrucciones ni rutas de vuelo para encontrar el camino al jardín, a través de la ventana.
Con ese incansable murmullo de sus alas, se fué a saludar al sol y el día, que le sonreía por el tiempo que le quedase aún de vida.
No encontré rastro posterior de esa abeja o la especie que haya sido de ellas, mas su recuerdo ha quedado grabado en mí y la lección que nos deja.
Mi profesor de segundo a tercero básico, Guillermo Yon, nos enseñó que el hombre aprende de los animales, no sé si él supiera que ya muchos años después, yo constataría esta enseñanza y de qué manera.
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2 comentarios:
Mi querido Bubi. Todavía recuerdo cuando te creías el Hombre Araña. ¿Arica? y tu colección de arañas de rincón, ya viejo y en Los Andes.
Y la fascinación-miedo de tus sobrinos ante tal tamaña colección.
Debiste ser entomólogo. je je.
Jamár rendirse es la lección, no importa cúan imposible sea la salida.
¿Sabes cúal es la gracia de los milagros?
Es que a veces suceden.
Te quiero hermanito.
Gracias por tus palabras hermana, lamento la tardanza de esta respuesta, aunque como en mi filosofía de vida está incluído:
Más vale tarde, que ni cagando.
Es sólo el escaso tiempo que me queda últimamente.
Te quiero muchísimo también y además es sobrado que lo sabes.
Un abrazo con todo mi corazón.
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